Antecedentes: El verano de 1665 transcurría caluroso y las altas temperaturas dificultaban la vida en una urbe con elevada densidad poblacional a consecuencia de las grandes migraciones de campesinos. La metrópoli carecía de una adecuada infraestructura sanitaria y en las zonas de mayor pobreza la basura se acumulaba en las calles junto con los desechos humanos; no existía un sistema de drenaje. Tales circunstancias resultaban propicias para la multiplicación de microorganismos infecciosos, como la Yersinia pestis, responsable de la peste, quizá introducida por unos marineros holandeses. Por otra parte, también fomentaban una abundante población de ratas, cuyas pulgas sirven como vectores del bacilo. De esta manera, los primeros casos de la enfermedad aparecieron en las zonas más pobres, donde había más ratas que en cualquier otra zona de la ciudad. La gente creía que el peligro radicaba en los perros y en los gatos callejeros, por lo que se realizaron inútiles campañas de exterminio.
Origen: los primeros signos del mal fueron una serie de manchas rojas que aparecieron en la piel de las víctimas. En sólo unos días algunas de estas anormalidades, situadas en las axilas y las ingles se inflamaban y se llenaban de pus. Las personas sufrían dolores muy intensos en el área y una descompensación de su estado general, con fiebre, sudoración y escalofrío. Poco después fallecían. La primera explicación que se dio a estos casos retomaba la vieja teoría de los miasmas, el aire contaminado por la insalubridad. Por esa razón uno de los primeros tratamientos consistió en dar oler flores y esencias, todos estos promovidos por charlatanes. En pocas semanas los casos se multiplicaron y comenzó la epidemia. Las personas más acaudaladas de Londres decidieron abandonar la ciudad y trasladarse al campo, donde no había llegado el brote de la peste. El propio rey Carlos II y su familia tomaron esa decisión. La gente más humilde no pudo recurrir a esa alternativa pues, por una disposición de las autoridades, les quedaba prohibido abandonar su área de residencia, al menos que contaran con un salvoconducto; las principales víctimas de la peste fueron los pobres.
Para evitar que el mal se propagara, los responsables del gobierno dispusieron que si una persona enfermaba, su familia debía permanecer confinada en su domicilio por 40 días, y además el acceso de cualquier otra persona era impedido. Las entradas de las casas se marcaba con una cruz roja para advertir el peligro del interior. Entonces comenzaron a surgir improvisadas “enfermeras” que a cambio de dinero se encargaban de llevar alimentos a las casas de los pacientes; pero eran incapaces de prestarle cualquier ayuda médica y los despojaban de sus pertenencias. Conforme la epidemia avanzó, surgió otro problema: el manejo de los cadáveres. Se puso en marcha un sistema de recolección más o menos efectivo y las autoridades daban recompensa a cualquier persona que entregara los cuerpos. Éstos eran depositados en grandes fosas comunes.
Consecuencias: desde el mes de julio, cuando inició la epidemia, las cifras de víctimas por semana fueron en aumento, como revelaban los reportes oficiales que se emitían en cada zona. Inicialmente eran mil cada 8 días, luego se elevaron a dos mil y en septiembre de 1665, la etapa más crítica, morían casi 8,000 personas por semana. A partir de octubre los caos empezaron a disminuir y algunas personas, entre ella el rey y su familia, regresaron a Londres. Mientras tanto, la epidemia se había extendido a Francia a través de la marina mercante. Al año siguiente aún se presentaron casos aislados en Londres hasta sumar un total de casi 100,000 víctimas. El remedio definitivo a este brote de peste fue otro desastre: el gran incendio de Londres ocurrido entre el domingo 2 y miércoles 5 de septiembre de 1666. Iniciado en una panadería, en solo 3 días consumió los hogares de casi 100,000 personas y destruyó tres cuartas partes de la ciudad. Sin embargo, ocasionó pocas muertes; por otra parte, acabó con los principales focos de contaminación que habían causado la peste. Ahora conocemos los detalles de estos eventos gracias a dos obras clásicas de la literatura: El diario del año de la peste por Daniel Defoe, y el Diario, de Samuel Pepys.
Extraído de revista Muy Interesante julio 2008 pagina 38.
Imagen de La Plaga de Justiniano.